miércoles, 21 de febrero de 2018

PROCRASTINAR

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 20 DE FEBRERO DE 2018

Si internet hubiera existido cuando yo era pequeña, no me habría sacado ni la EGB. Y lo digo porque me conozco, bacalao, que me juego el bocadillo de la merienda a que me hubiera metido a buscar un mapa con los ríos de la Península Ibérica y habría acabado, cinco horas después, en una página que afirma que Heidi fumaba marihuana porque cantaba "Abuelito, dime tú, qué sonidos son los que oigo yo / Abuelito, dime tú, por qué en una nube voy". Y sí, al final hubiera colocado en el examen de Sociales que el Duero nace en los Alpes suizos.

Es lo que tiene llevar la procrastinación en la sangre o, lo que es lo mismo, la capacidad para aplazar todo aquello que suponga el más mínimo esfuerzo en pro de cosas irrelevantes. Y así sigo: una, con toda su buena voluntad y su café recién hecho, se sienta a primera hora de la mañana delante del ordenador dispuesta a escribir la columna definitiva, la que va a consagrarla como creadora de opinión y le va a reportar tantos "likes" como un desnudo de la Pedroche en Instagram, y se mete en internet para buscar información sobre la última hora del estado de la cuestión catalana, un suponer. Pero, no se sabe ni cómo ni de qué manera, acaba a mediodía viendo a Marta Sánchez cantar el himno de España con una letra tan cursi que la habría podido escribir Heidi (fumada o no, eso ya es otro tema), y sin haber escrito ni una coma. Si los caminos del Señor son inescrutables, los de internet ni les cuento.

Entretanto, me he enterado de que Arantxa Sánchez Vicario se ha separado de su marido, le he echado un ojo a la prensa nacional, he retuiteado la viñeta de Puebla, he hecho unas lentejas, he aprendido a hacer macramé y a pintarme la raya del ojo con unos tutoriales de YouTube, me he tomado otro café y he leído un artículo sobre cómo dejar de perder el tiempo. Y ya, total, con la hora que se me ha hecho, mejor me pongo a planchar, que tengo una montaña de ropa tan alta que me he encontrado a Juanito Oiarzabal intentando escalarla. Definitivamente, cuando una prefiere ponerse a planchar antes que sentarse a escribir una columna, es que está fatal de lo suyo. Nada, que esta tarde la termino sin falta. Seguro.


MIRA QUIÉN BAILA

PUBLICADO EL MARTES 13 DE FEBRERO DE 2018 EN LA VERDAD

El viernes por la noche, Cartagena se dividió entre los que vieron a Rajoy por la calle y los que vieron a Rajoy por el teléfono, que fue un no parar de recibir wasaps con fotos del mismísimo. Qué nos gusta un famoso, esa categoría donde lo mismo entra un presidente de gobierno que el ganador de Gran Hermano 1 (¿alguien se acuerda de algún otro?). Rajoy llegó, se paseó, se sentó en una terraza del centro y se dejó querer en modo selfie, cambiando foto por voto. Y al día siguiente se fue de boda. Y bailó. Otra vez.

El macho español no baila. Y si baila, lo hace mal. Tiene miedo a desmelenarse porque el mundo le ha hecho así, o por un miedo ancestral al ridículo, o por si le pasa lo que a Kevin Kline en "In & Out". Por eso, ver bailar a Rajoy es noticia. Ya lo había dicho, advertido o amenazado Sáenz de Santamaría: Rajoy es muy bailongo y le gusta bailar música mala de los ochenta. Y lo que le pone como una motoretta es Raphael, que es escuchar "Mi gran noche" y empezar a salivar, a lo perro de Pávlov. Condicionamiento clásico, se llama eso. Y tan clásico: lo raro sería ver a Rajoy contoneándose con un grupo anterior a 1982.

La única pena es que, como buen macho español, Rajoy es arrítmico, asincrónico y descompasado. Rajoy es tu tío abuelo, ese que se lanza a la pista de baile después de llevarse una yogurtera en un bingo de regalos y se pone a menear la cadera de titanio en el Club Náutico de Islas Menores al ritmo de la orquesta "Nuevas Ilusiones". Las señoras, en cambio, sí somos muy de bailar, y de arrancarnos por lo que sea, y de darnos culazos unas a otras; por eso, enseguida, le hacen corro al presidente. "¡Mariano, esas son muchas pa ti!", se oye en el video. Para él y para cualquiera, que no hay nada que de más miedo que un grupo de señoras fetén enfajadas, desatadas y con un par de copas de champán en el cuerpo. Rajoy, definitivamente, es un valiente. Por bailar con señoras y por quitarle protagonismo a la novia, que una no está un año entero planeando la boda para que llegue un bailongo y la gente quiera hacerse más selfies con él que contigo. No te lo perdonará nunca, Mariano Rajoy. 







miércoles, 7 de febrero de 2018

TERREMOTOS

PUBLICADA EL MARTES 7 DE FEBRERO EN LA VERDAD

Ando revuelta. Del estómago, de la cabeza, del ánimo. Y cuando una anda revuelta, no debe escribir nada. O, al menos, no debe publicar lo que escribe, que luego hasta el frutero me pregunta si me pasa algo cuando voy a por medio kilo de cebollas. Pero el desorden y el alboroto, con cebollas o sin ellas, siguen ahí. Y la necesidad de ordenar una cabeza densa y confusa, también.

La culpa del terremoto la tiene una película, una bella, luminosa y extraordinaria película llamada "Call me by your name". Ya ven, qué cosas: una, que se pensaba inmune hasta a la kriptonita, sigue siendo sensible a la fulguración del celuloide. Y una, que se creía de vuelta de todo, o de casi todo, que se agarraba a la ironía, a la frivolidad y a la rapidez verbal como forma de vencer los desastres cotidianos, que se suponía ya domesticada, amansada y adaptada al medio, una, digo, de repente, se da cuenta de la fragilidad de sus cimientos. Y también se da cuenta de que ha vivido la mayoría de las primeras veces, que no hay segundas oportunidades, que ya están aquí los rumberos, que desde esta columna casi medio siglo os contempla y que ha dejado de ser la pequeña de la clase para empezar a llevarles a todos veinte años, los mismos que le sobran, los mismos que quisiera tener, y se rinde prematuramente, y se convierte en una idiota melancólica y ridícula que comienza a añorar los días vacíos y las noches llenas, cuando aún no había miedo al futuro, ni tampoco al presente.

Pero entonces, una, curiosa, descubre que el guionista de la película es James Ivory, que tiene ochenta y nueve años, y que ha adaptado una novela de André Aciman, que tiene sesenta y siete. Y en ese momento decide que si dos hombres de esa edad han podido recrear de una forma tan extraordinaria el verano del primer amor, del descubrimiento de la belleza y el dolor, todavía hay esperanza, y que en lugar de huir de la vida habrá que lanzarse a ella, y dejar de añorar los paraísos perdidos, y disfrutar del que se tiene. Y sí, frutero, estoy perfectamente, no se preocupe. Que una es como un rascacielos japonés, capaz de seguir en pie a pesar de los terremotos. Por cierto, además de las cebollas, póngame dos calabacines, que hoy toca zarangollo. Y un melocotón.